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CNIC y la “Bajada Regional”

Cuando trabajaba en la Agencia Regional de Desarrollo usábamos un término para referirnos a un tipo de centralista que rayaba en el fanatismo, eran los “conversos”. Unos tipos que después de alguna discusión o crítica decían cosas como “Chile es uno sólo”, “no podemos bajarle el nivel”, para terminar con un contundente “yo también nací en regiones”, o peor aún “nací en provincia”. Era (o es) un tipo que había sufrido en carne propia el “Síndrome Carmela[1]”, había llegado discriminado e ignorante a “vivir a la ciudad” para transformarse en uno más del aparato del poder. Claro, como ya no se pierde en el metro o ni tampoco mira los edificios (se cortó las trenzas), entiende todo mucho mejor que uno que no se fue de “San Rosendo”.

Hace unos días, el actual presidente del Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad remitió una carta a los diferentes Intendentes Regionales, anunciándoles que se está trabajando en un proyecto de ley para, una vez aprobado, darle una institucionalidad más sólida al Consejo.

En la nueva estructura planteada se incorpora un Consejo Regional de Innovación, el cual podría ser (no tenemos la certeza) la misma instancia estratégica que hoy tienen las regiones, que poseen sus propias Estrategias Regionales de Innovación, aunque con diversos nombres, como Consejo, Directorio, Foro, en ese “loco afán” de las regiones de tener identidad  propia[2]. Estamos hablando de las siete que ya la aprobaron y la están implementando, más las cuatro que están en proceso de diseño. Esto es una buena noticia por partida doble, se fortalece la institucionalidad para la Innovación y se reconocen por ley instancias de participación regionales. Aplauso, cerrado y de píe.

Dicho esto, también existe la preocupación (o por lo menos yo la tengo) que los Consejos Regionales de Innovación se transformen en lo mismo que ha sido el Consejo Nacional hasta hoy, es decir, un consejo asesor del Presidente de la República “en la identificación, formulación y ejecución de políticas y acciones que fortalezcan la innovación y la competitividad en Chile”[3], por lo que su composición, coherentemente, esta referida a un grupo de personalidades y no la representatividad que ellas tengan de los actores del sistema, en este caso nacional.

Para algunos esto sería un paso adelante, pero no es tan así. Las Estrategias Regionales de Innovación se implementan (o a lo menos se diseñaron para ser implementadas así) con una Gobernanza, esto es, “una forma sofisticada de gestión de los procesos compartidos, a través del esfuerzo de todos los actores, hacia un resultado futuro compartido”[4]. Dicho en simple, la participación de todos los actores en la gestión de la estrategia.

En este sentido, la participación puede tener cuatro niveles, según el grado de involucramiento de los actores[5]: informativo (te cuento), consultivo (te pregunto), resolutivo (decidimos juntos) y la cogestión (hacemos juntos). Entonces, pasamos de un esquema de cogestión a uno consultivo, es decir, si hablamos de Gobernanza hablamos de cogestión, si hablamos de asesorar, es consultivo.

Si se considera que uno de los pilares de la Agenda de Productividad, Innovación y Crecimiento es la alianza publico privada; y que, además, uno de los ejes del Programa de Gobierno es la participación ciudadana, el carácter de asesor es menos participación de la que había antes, hay menos involucramiento de los actores y por lo mismo, habrá menos compromiso. En términos futbolísticos, queríamos ser campeones, pero ahora nos conformamos con no descender.

Un real aporte de CNIC sería generar un ámbito coherente para la gobernanza multinivel, que generara espacios de negociación entre el poder central y las regiones, y que por lo mismo, permitiera fortalecer las capacidades regionales, tal como se lo sugirió en su momento la OECD[6].

Esperemos que la gente del CNIC este más en línea con el objetivo de “Vamos a potenciar las oportunidades económicas de las regiones de Chile y lo haremos con: más descentralización (…)”[7], que con la idea de generar una “bajada regional” para sus propias políticas.

 

 

 

[1] Aquí se hace referencia a la obra musical “La pérgola de las flores” de Isidora Aguirre y Francisco Flores del Campo. En el drama, situado en el Santiago de 1929, el enfrentamiento entre la elite y el pueblo se resuelve por la intercesión de una muchacha venida de San Rosendo, un pequeño pueblo cerca de Concepción.

[2] No todas estas instancias son exactamente iguales, pero tiene un carácter estratégico común.

[3] http://www.cnic.cl/index.php/origen-del-cnic.html

[4] Reek, W. (2013). Governance Guide S3 Plataform (p. 29). Sevilla, Spain.

[5] Sanhueza, A. (2004). Participación ciudadana en la gestión pública (pp. 1–8). Santiago, Chile.

[6] Arnold, E., Hutschenreiter, G., & Guinet, J. (2009). Chile’s National Innovation Council for Competitiveness Interim Assessment and Outlook (p. 151). Paris, France.

[7] Programa de Gobierno Michelle Bachelet 2014-2018

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Una “i”, pequeñita y colgando, al final

En Innovación 2.0, Jay Rao y Fran Chúan sostienen que esto de “I+D+i” es una “ecuación perversa” usada en España y Chile. Perversa porque juntan cosas que no tienen por qué ir juntas. Existen varios estudios que muestran que no hay una relación directa entre Investigación científica (que se producen en el laboratorio), desarrollo experimental (una actividad industrial) con la innovación (que se produce en el mercado). Incluso en las definiciones que manejan CORFO y CONICYT, que decir de OECD o UNESCO, nadie se atreve a usar la famosa ecuación. Pero, por lo menos a mí, se me aparece cada cierto tiempo, como una especie de condena, como un recordatorio de otras épocas.

Personalmente, desde que me metí en estos temas, la expresión “I+D+i” me pareció un tanto sospechosa e instintivamente pensaba que había algo como “Gato + Liebre” (en vez de gato por liebre). Más entrado en este viaje que es la innovación, aprendí que la dichosa ecuación era la más viva y clara expresión del modelo lineal de innovación.

Esto  a mi juicio genera tres problemas fundamentales:

  1. Se usa muchas veces por algunos “stake holders” de los sistemas regionales/nacionales de innovación, especialmente del mundo académico, para justificar sus financiamiento para la investigación. dos “joyitas” de ejemplo; “el concepto de innovación nació (o se popularizó, dependiendo del autor al que se recurra) precisamente para fortalecer la relevancia de la ciencia como motor del desarrollo” y “¿qué explica este frenesí criollo por despojar a la innovación de la relevancia fundamental de la investigación científica?”. Ambas de una columna de un destacado científico nacional llamada “la innovación que nos robaron”[1]. Pero esto no es nuevo, no por nada se culpa del modelo lineal a la Office of Scientific Research and Development de post guerra
  2. Muchas veces el estado financia la investigación y no lo innovación, incluso cuando dice expresamente que está haciendo lo contrario. por ejemplo, cuando un instrumento de apoyo público dice expresamente que se apoyan actividades que buscan reducir sólo el “riesgo tecnológico” y no el “riesgo de mercado”. Independiente que el problema de la innovación es la incertidumbre y no el riesgo (estoy con un post a medio escribir sobre eso), al estado le parece que pasarle dinero a las universidades es mejor que a las empresas. Miren por ejemplo, esto ” MINEDUC DESTINÓ $ 19 MIL MILLONES PARA QUE CASAS DE ESTUDIOS DESTAQUEN A NIVEL INTERNACIONAL: Gracias al Convenio de Desempeño para la Innovación, los planteles desarrollan programas de alto impacto para cambiar sus procesos.”[2] En especial obsérvese esta joyita; “plataforma de Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+i), la Pontificia Universidad Católica de Chile fortalecerá la innovación basada en ciencia al interior de sus recintos” (SIC)[3] ()
  3. Por último, aunque la relación no es tan  directa, también siento que es una de las razones para que nos guste tanto la “innovación tecnológica”. Aquí no tengo una cita tan clara aunque también estoy preparando algo al respecto, pero recuerdo el comentario de un académico universitario de la Región del Biobío que nos dijo durante la construcción de la estrategia de innovación que a ellos (su institución) solo le interesaba la innovación tecnológica porque era la única disruptiva (sí, nosotros también quedamos sorprendidos).

Toda esta reflexión es porque desde hace un tiempo, cuando algún personaje hace referencia al famoso “I+D+i”, incluso no falta el que le agrega una “e” de emprendimiento (claro), estoy seguro de que no tiene ni la menor idea de lo que está hablando o incluso está tratando de vender a alguien algo vistiéndolo de innovación. Es decir, es ignorante o mal intencionado, o ambos, que no es lo mismo pero es igual.


[3] Yo tampoco sabia que en el MINEDUC tenían expertos en transferencia tecnológica que evaluaran la pertinencia de entregarle 5 millones de dólares a una institución

CNIC: CONVERSACIÓN ENTRE NOTABLES

El documento publicado por CNIC hace algunos días (ORIENTACIONES ESTRATÉGICAS PARA LA INNOVACIÓN SURFEANDO HACIA EL FUTURO. CHILE EN EL HORIZONTE 2025) es sin duda un texto extraño, tiene a ratos el tono, discurso y conceptualización propio del presidente del Consejo y a ratos, se escapan “otras voces” Pero ese no es el tema, el tono, es el contenido el que importa, más aún en el año de la innovación y lo primero que debo decir, es que se me hace bien difícil comentarlo, pues hay en él harto tema bien heterogéneo.

En primer lugar sorprende esa distinción tan tajante entre estrategia y orientaciones estratégicas. Si son estratégicas es que pertenecen a la estrategia, piensa uno ingenuo, pero luego se entiende que sólo es una disquisición para enfatizar el hecho de la realidad es cambiante y difícil de predecir; y que por lo mismo la planificación lineal que nació en la revolución industrial ya no podemos aplicarla. Claro, hay hartas formas más de hacer o tener una mirada estratégica o una visión de futuro. Es tanto así, que afirmar que seremos 9.000 millones el 2050 implica un cierto grado de certeza que no acompaña la afirmación tan radical de no poder hacer estrategias.

Sería largo entrar en cada una de las nociones que integran la primera parte de las Orientaciones, pero a mi juicio, se hace imprescindible comentar algunas.

La propuesta de mirar diferentes horizontes temporales para entender la innovación, es decir: un Horizonte 1, cotidiano con productos maduros y conocidos; Horizonte 2, nuevas ofertas; Horizonte 3, pensar en nuevos productos; Horizonte 4, búsqueda de aplicaciones; Horizonte 5, ciencia base; y Horizonte 6, Fulgor (Resplandor y brillantez, según la RAE); parece interesante, pero una pequeña reflexión nos trae el recuerdo del muy lineal proceso Ciencia básica – Ciencia Aplicada – Investigación y Desarrollo – Prototipado – Mercado, pero con el agregado del “Fulgor”. Claro, también se enfatiza que estos horizontes “conviven día a día” entrecruzándose y fertilizándose mutuamente, pero todos los ejemplos propuestos contradicen tal afirmación. Ya Schumpeter decía que se trataba de un fenómeno difuso. Es más, si el fulgor sucediera en cualquier parte del “proceso” seria una propuesta harto más novedosa e interesante y harto más útil y cercana a la realidad.

Desde luego, considerar el “fenómeno” de la innovación como una “emergencia histórica” parece interesante, es decir, en una acumulación histórica de horizontes y practicas, en tres dimensiones, emprendimiento, tecnología y cultura, es digna de aplauso. Si eso se le agrega que existirían 5 factores fundamentales, todos ellos “capitales”, es decir, capaces de ser acumulados: financiero, conocimiento humano, social y emprendimiento. Ahora sí, aplauso de pie. Eso sí, nada nuevo bajo el sol, aunque la jungla semántica pueda hacernos creer lo contrario. “El adjetivo cuando no da vida, mata” (V. Huidobro).

Otra cosa interesante es el “surfear” como metáfora, no hay certidumbre, no hay posibilidad de “inventarse” una ola, tampoco es posible la indiferencia. No obstante, es difícil que un surfista piense en cómo serán las olas en el 2050. Por eso, lo más relevante de la metáfora, es que el buen surfista está preparándose siempre, aprende. Eso es mucho más importante.

Un punto es que de esas cosas importantes nos habla el CNIC en la segunda parte del documento, energía, biología y educación. Es decir, no es estrategia pero se proponen una especie de “reflexiones estrategias”, ofrecidas como narrativas de anticipación (sic), mirando hasta el 2050, como todo buen “surfer” que piensa en olas que vendrán en 25 años más. Considero que cada uno de ellos tiene meritos diferentes y no estimo que tengan más importancia para este comentario. Quienes están, por ejemplo, en “conversaciones” sobre educación, podrán tener una opinión un tanto más acabada, yo por mi parte siento que son mas vinculados a la anticipación tecnología que a la innovación.

Hay hartas cosas más, pero ahora me quiero centrar en lo faltante, tratando de no mirar el vaso medio vacío y con el convencimiento que el resto no “abren mundos”. Claramente es imposible para mí no ver que esto no “conversa” con las regiones, aunque en el acta de la última sesión del consejo antes de la entrega del documento final, en la cual el presidente de dicho organismo le cuenta a los consejeros cómo será el documento, se haya señalado que las orientaciones “nacen de los temas que han sido parte del análisis del consejo”, como “educación, energía, ingeniería, política industrial, sistemas y telecomunicaciones, población y envejecimiento, desarrollo regional, laboratorios naturales, diseño, entre otros posibles”. Pero no ha mucho andar el documento nos muestra esta joyita: “En Chile, (…) estamos especialmente preocupados hoy por la educación, por el desarrollo de las regiones o por la disponibilidad de energía o agua, pero somos parcial o totalmente ciegos a los cambios que pueden significar para el mundo –y para nosotros (…) – avalanchas como las de la educación superior vía internet, la biología sintética o la medicina personalizada”. La dura, nos preocupamos de puras tonteras y no de lo importante. Claro, en el mismo documento existen algunas afirmaciones que confunden, para muestra dos botones:

  • “Todo ello, en definitiva, nos muestra la relevancia de la riqueza de mundos que pueden tener los lugares (ciudades) o las sociedades específicas como espacios más o menos propicios para la innovación en los que la diversidad de prácticas permita el intercambio y la ‘polinización cruzada’”. (p 40)
  • “Constituye una gran tarea pendiente, por tanto, el cultivo de nuestra responsabilidad histórica como nación. Y en ese sentido, surge como una nueva inspiración de las políticas públicas la de enriquecer nuestros mundos y ampliar los horizontes de posibilidades del país, de nuestras empresas, de nuestras regiones y de nuestros trabajadores”. (p 64)

Es decir, tal como sugiere la OECD, y tantos otros, (o como el mismo documento sugiere cuando habla de Silycon Valley), las regiones si importan en materia de innovación, pues es en ellos en que se constituye el fenómeno de la interdependencia entre actores del sistema (u organismo, o flores de un jardín, si usted quiere), que supuesto básico de, por ejemplo, las estrategias regionales de innovación. Más aún, el mismísimo Consejo nos interpela a la responsabilidad histórica con las regiones. Raya para la suma, el diablo regionalista “le metió mano a su documento presidente”, y lo digo con respeto, considerando que en el acta a la que aludo lo que se explica no es lo mismo que sale, es claro que fueron pocos los escogidos en este periplo.

Entonces, si la innovación es un fenómeno social e histórico, porque el documento no da cuenta de otras visiones, pasadas y presentes en el mismo marco del consejo y en el resto de la sociedad chilena. Tal vez porque la construcción de estas orientaciones se hizo de la misma forma como se planificaba antes, no con metas y plazos, si no desde arriba hacia abajo. Desde el comando central o desde el pulpito, da lo mismo. Porque eso también es un fenómeno cultural, tal como el centralismo, una conversación sobre Chile donde solo participan los notables.

Mi humilde opinión es que el desafío para el CNIC tenia más que ver con las dimensiones (emprendimiento, tecnología y cultura) y los factores (los “capitales”) y como hacemos para que ellos estén más disponibles, cercanos si se quiere, para los chilenos, incluso a esa mayoría que no vive en Santiago. Yo entiendo que esa es su pega. Es interesante hablar de la fenomenología de la innovación (hacerse cargo de otras miradas no hubiera estado demás) o los estados de animo para la innovación, pero como dicen los chilenos “¿Y?”.

Para “orientaciones estratégicas para la innovación” me hubiese gustado ver más cosas como “si queremos participar en la invención del futuro debemos ser capaces de desarrollar una nueva manera de mirar el mundo y de movernos en él, una nueva forma de pensar el presente con otros horizontes y de enfrentar la vida con un talante distinto al que hemos tenido hasta ahora” Pero la verdad es que el documento, en su conjunto y en términos de política publica, es poco útil, y harto disperso y discursivo (tal vez como libro o artículo hubiese sido mejor). Por lo mismo, solo recomiendo el capitulo 5 “INSINUACIONES PARA UN CAMBIO CULTURAL”, (aceptar el reto de la aventura; pasar de la solución de problemas a hacerse cargo de preocupaciones; unirse a las conversaciones que crean futuro; cultivar la confianza y el compromiso; y la esperanza radical como un nuevo estado de ánimo a cultivar) porque es donde hay un real aporte con ciertas orientaciones, y en donde se puede leer la más grande afirmación que trae el documento, “en materia de innovación, que el desafío para Chile es cultural” aunque el mismo Consejo, o su presidente, no hayan comenzado por casa.

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